Ignorancia Medica: el caso de la Vitamina C

ZZ6313E775.jpgTomemos el caso de la vitamina C. Son miles las referencias científicas y numerosísimos los libros especializados que hablan de sus enormes posibilidades. Y no ya para prevenir el escorbuto sino para tratar el cáncer, reducir el colesterol -con la misma o mayor efectividad que las estatinas-, prevenir las afecciones cardiovasculares, combatir las enfermedades víricas y bacterianas… Propiedades demostradas exhaustivamente hasta el hartazgo.

Y, sin embargo, se sigue intoxicando a la opinión pública -y lo que es peor, a la clase médica- con artículos negativos que basta analizar en detalle para ver cómo están manipulados (especialmente porque dan a conocer los resultados de usar dosis inferiores a 500 mg. pero ocultan los obtenidos con dosis de entre 3 y 6 gramos).

Que se siga pues afirmando en revistas científicas que la efectividad de la vitamina C en la prevención de las enfermedades cardiovasculares así como en el tratamiento de otras patologías “no está científicamente constatada” roza lo grotesco.

[La diabetes debemos considerarla una enfermedad cardiovascular por los efectos que tiene sobre el sistema]

Y es que hay muchas formas de manipular la verdad. Una de ellas es proporcionar una bibliografía limitada a lo que pretende probarse… obviando la que contradice o pone en entredicho lo que se afirma. Eso lo hacen hoy con alevosía y premeditación muchos científicos… sin que las revistas que publican sus trabajos revisen esa manipulación (por omisión o complicidad).

Y son a menudo precisamente esos trabajos los que luego se presentan a los periodistas quienes, desconocedores mayoritariamente de que están siendo manipulados, se hacen eco de ellos. Evidentemente, para los profesionales que conocemos la verdad constituye un agravio a la inteligencia, pero, ¿qué podemos hacer?

El caso de la vitamina C es paradigmático pare entender todo esto. ¿Sabe el lector por qué se oculta o manipula su importancia? Pues por una razón muy simple: es barata, no se puede patentar.. y es más efectiva que muchos de los medicamentos que hoy costea la Seguridad Social (es decir, todos nosotros). Y claro, si eso se difunde se acabaría con varios de los mejores negocios de muchos laboratorios. Aunque lo más grave es que esto está sucediendo en el caso de la vitamina C… y de muchas otras sustancias naturales no patentables

Quizás el lector piense que exageramos. Le instamos en tal caso a leer el trabajo que en el 2002 publicaron en la revista Annals of Surgery los investigadores Nathens, Neff y Jurkovich titulado Randomized, prospedtive trial of antioxidant supplementation in critically ill surgical patients.

Se trata de un estudio muy interesante con 595 pacientes que habían sufrido algún tipo de accidente, tuvieron que ser intervenidos quirúrgicamente y pasaron por la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Divididos en dos grupos, al primero se le dio la terapia convencional y, al mismo tiempo, vitaminas C y E.

Al segundo solo la terapia convencional. Pues bien, los pacientes a los que se administró esas dos simples y baratas vitaminas se recuperaron mucho antes y con mejor estado de salud, se produjeron menos muertes, hubo menos fallos orgánicos -un 57% menos exactamente- y presentaron en general bastante menos incidencias negativas. Es más, las posibilidades generales de morir se redujeron del 81% al 43%. ¡Y todo eso añadiendo simplemente a la terapia ambas vitaminas!

Hay además innumerables trabajos científicos -publicados a lo largo de muchos años- según los cuales los pacientes que ingresan en la UCI tienen normalmente un nivel de antioxidantes en la sangre y en los tejidos muy por debajo de lo normal. Y hay también cientos de estudios que demuestran que cuanto más bajo es el nivel de antioxidantes mayor es la posibilidad de morir de cualquier enfermedad.

Además está demostrado que los antioxidantes funcionan mejor cuanto antes se empiece a consumirlos y no esperar a usarlos cuando aparecen los primeros signos de fallo orgánico.
¿Cómo es posible que algo así lo ignore la mayoría de los médicos y, muy especialmente, los responsables de las UCI en España? El asunto es tan grave e importante que todo enfermo ingresado en una Unidad de Cuidados Intensivos, independientemente de su patología, podría plantearse justificadamente acusar a sus responsables de negligencia por no prescribirles antioxidantes, especialmente las vitaminas C y E.

Es más, no se entiende cómo las compañías de seguros y la propia Seguridad Social infravaloran -cuando no ignoran- este tipo de trabajos porque tenerlos en cuenta implicaría reducir notablemente el inmenso gasto farmacéutico actual cuyo crecimiento disparatado e injustificable está llevando a los sistemas sanitarios de todo Occidente a la quiebra económica.

Obviamente, en la inmensa mayoría de los congresos médicos jamás se hace referencia a trabajos de esta índole. ¿Por qué? Pues porque los organizan y pagan las multinacionales farmacéuticas y a éstas no les interesa en absoluto que los médicos y veterinarios que acuden a ellos estén informados.

Es más, si a algún médico se le ocurre en alguno de ellos decir simplemente que la vitamina C es igual o más efectiva para controlar el colesterol que las estatinas… se le descalifica de inmediato. Y la razón de fondo es evidente: las estatinas son uno de los medicamentos actuales más rentables de la industria mientras la vitamina C es muy barata y no se puede patentar.

Con las nuevas “directivas europeas” sobre productos nutricionales, fitoterapéuticos y complejos de vitaminas, minerales y oligoelementos que se han aprobado recientemente… supuestamente en nuestro beneficio aunque la realidad es que lo han sido en beneficio exclusivo de la industria farmacéutica.

La argumentación de que las nuevas normas se han promulgado para proteger la seguridad de los consumidores es una falacia. La prohibición en unos casos de determinados productos -especialmente plantas- y la imposición de dosis máximas en otros -en teoría para que su ingesta carezca de riesgos aunque en realidad se haya hecho para que no sean efectivos- demuestra lo que se esconde detrás de la aprobación de las directivas. Y, sin embargo, cualquier científico medianamente informado sabe que la supuesta peligrosidad de la mayor parte de esas sustancias es tan remota que las directivas aprobadas no son en absoluto necesarias.

Que no hay intención siquiera de demostrar la necesidad de estas directivas lo demuestra fehacientemente el que no se ha hecho una valoración riesgo-beneficio de cada sustancia por separado. No interesa hacerlo porque se descubriría la mentira. Llegados a este punto, ¿alguien duda aún de que las directivas responden a una mera cuestión de intereses comerciales y que en todo esto la salud de las personas les importa un ardite a sus instigadores?

El asunto es meridianamente claro: los alimentos, las vitaminas, los minerales, los oligoelementos y las plantas no pueden patentarse. Así que de lo que se trata es de asegurarse la exclusividad de su comercialización mediante la promulgación de leyes que retiren esos productos del actual mercado -herbolarios, tiendas dietéticas, parafarmacias, etc.- y llevarlo al terreno que controlan.

Algo que han hecho recalificando injustificadamente el concepto de medicamento que ha pasado a definirse como “todo producto que alegue tener propiedades terapéuticas”. Definición en virtud de la cual el aire, el agua, la fruta, la verdura y cualquier otro alimento podría considerarse “medicamento”.

Una estupidez que demuestra lo que hay detrás de las mencionadas directivas: prohibir a cualquier persona o empresa -salvo a la industria farmacéutica- a que comercialice nada que pueda ayudar a mejorar o curar la salud de las personas.
Es más, la prohibición de patentar los productos naturales quiere solventarse logrando que pueda patentarse “el proceso de estandarización” de las diferentes sustancias. Sólo que para ello necesitaban primero una legislación restrictiva que sacase del mercado a las pequeñas y medianas empresas.

Es absolutamente prioritario para la industria farmacéutica a fin de poder controlar los precios de los productos y convertir el sector en un gran negocio exclusivo. Si lo consiguen, los precios se dispararán.

ZZ0E0729D5.jpgLa disparatada e ilegal persecución de las empresas del sector que puso en marcha la ex ministra Ana Pastor -hoy a la vera de Mariano Rajoy– con la complicidad del ex Director General de Farmacia, Fernando García Alonso, respondían claramente a esa estrategia.

Su embate fue sufrido por empresas como Solgar, Ebiotec, Ynsadiet, Biover, Oikos Internacional, Catalysis, Cheminova Internacional, Tegor, Nutrimed, Biomiskal, Phytovit, Fito-Cosmos, Dimecat, Euronatur 2000, Quality Life, Nutrispain, Xatoga, Destilados Tridyn, Biofit y, por supuesto, la dueña del famoso Bio-Bac, Chacón Farmacéutica, circunstancia que tuvieron que solventar comercializandolo en tres paises europeos cambiandole el nombre para que puediese ser vendido en España este reconocido anticancerigeno .

Lo mismo que la decisión de dificultar o prohibir la elaboración de fórmulas magistrales a los farmacéuticos y de recetarlas a los médicos.
Y no nos olvidemos del Codex Alimentarius, del que esta revista ha hablado extensamente. Algo que sólo ha sido posible hurtando el debate público de su contenido a los parlamentos nacionales para que el público no se enterara de lo que está pasando.

En definitiva, la gran industria farmacéutica es hoy acusada de decidir quedarse -sin disimulo alguno- con el control exclusivo y total del sistema sanitario. Especialmente mediante la argucia de considerar “medicamento” todo producto que alegue propiedades terapéuticas aunque éste sea natural y no patentable.

Aprobando leyes de obligado cumplimiento en Bruselas que impongan a quienes quieran comercializar cualquiera de esos productos -aunque sea simple ajo- protocolos absolutamente innecesarios pero que económicamente sólo están a su alcance. Rechazando con argucias la aprobación de productos a pesar de cumplir los requisitos legales exigidos (como ha ocurrido hasta ahora en el caso del Bio-Bac). Persiguiendo a los farmacéuticos que se empeñan en elaborar fórmulas magistrales porque pueden hacer la competencia a los medicamentos de fabricación masiva. Acusando a los médicos que se salgan de los protocolos farmacológicos establecidos para las distintas enfermedades de “delito contra la salud pública” por “instar a sus pacientes a abandonar los tratamientos convencionales establecidos” (otra falacia porque tal cosa no existe).

Es evidente que con todo esto -tales son las graves acusaciones que se hace hoy a las multinacionales del sector- el farmacéutico ha sido convertido en un simple tendero sin opinión, pero a la vez un complice que se beneficia.
La libertad de prescripción del médico ha sido abolida. Se ha cercenado el derecho de elección de terapia por el enfermo.
Se controla la información científica para que sólo se conozca -tanto entre los profesionales de la salud como en el resto de la sociedad- aquella que interesa… descalificando la que contradice sus afirmaciones.
Se adecuan los conocimientos de la carrera de Medicina a la necesidad de programar desde el principio la mente de los alumnos y hacerles además “inmunes” a aquella información que ponga en entredicho lo que se les diga.
Se oculta información científica de todo tipo…
Y se asegura que para lograr todo esto han introducido sus peones -o alquilado conciencias- en las administraciones públicas -especialmente en los ministerios de Sanidad y otros departamentos gubernamentales con decisión en la materia-, en la Judicatura, en las universidades, en los colegios médicos y farmacéuticos, en los medios de comunicación social -sobre todo, en las grandes cadenas de televisión y radio así como en los periódicos de ámbito nacional- y creado bajo su amparo y financiación asociaciones de enfermos que defiendan sus intereses (sin que en muchos casos sus integrantes sean conscientes de la manipulación a que están siendo sometidos).

De hecho, la inmensa mayoría de las asociaciones de enfermos existentes son sufragadas por los laboratorios cuyos fármacos sus miembros toman y, por tanto, defienden. Claro que la información que reciben está tan censurada y condicionada como la de los médicos y farmacéuticos.

Mientras, sólo en España 400.000 personas fallecen cada año en los hospitales. Independientemente de las que son enviadas a morir a casa por estar desahuciadas. Ese es el resultado real obtenido por la Medicina actual.
¿Por qué nadie quiere escuchar?.

Rudolph Hawkins

[Fuente: ¿A QUÉ SE DEBE LA ACTUAL IGNORANCIA MÉDICA?]

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